Selvdagbog ExpressPlanificación de la jubilación

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Establecer metas personales que tengan sentido para ti

Fijar metas al jubilarte tiene un riesgo: reproducir la lógica del trabajo, con sus plazos y su sensación de ir siempre tarde. Se puede plantear de otra manera.

Persona escribiendo a mano en un cuaderno junto a una taza de café, sobre una mesa de madera

El riesgo de repetir la lógica del trabajo

Cuando alguien se jubila y le preguntan qué piensa hacer, la respuesta suele venir en formato objetivo: aprender inglés, ponerse en forma, escribir un libro, viajar más. Es una manera natural de contestar, porque es la que se ha usado durante cuarenta años. El problema aparece unos meses después, cuando esos objetivos empiezan a funcionar como funcionaban en la oficina: con plazos, con métrica y con la sensación de ir por detrás.

Una jubilación llena de objetivos incumplidos no es mejor que una sin ninguno. Merece la pena plantearlos de otra forma.

Metas de proceso, no de resultado

«Aprender inglés» no es una meta: es un destino sin final definido, y por tanto siempre inalcanzado. «Ir a clase los martes y los jueves» sí lo es, porque se cumple o no se cumple cada semana, y depende enteramente de ti.

El cambio parece de matiz y no lo es. Las metas de resultado dependen de factores que no controlas —el ritmo de aprendizaje, la salud, lo que hagan los demás— y solo se disfrutan al final, si llegan. Las de proceso se cumplen cada semana y producen la sensación de avance que hace que uno siga.

  • En vez de «perder ocho kilos» → «caminar cuarenta minutos cinco días por semana».
  • En vez de «escribir mis memorias» → «escribir dos páginas los domingos por la mañana».
  • En vez de «recuperar el contacto con la familia» → «una llamada larga cada semana, con día fijo».
  • En vez de «viajar más» → «una escapada de dos noches cada trimestre».
Calendario de pared con marcas que registran el avance de una actividad a lo largo de las semanas
Registrar lo hecho, y no lo pendiente, cambia por completo la sensación de avance.

Tres o cuatro, no quince

La lista larga es tentadora y contraproducente. Con tres o cuatro objetivos activos a la vez ya se cubre casi todo lo que importa —algo del cuerpo, algo de la cabeza, algo con otras personas, algo propio— y siguen cabiendo en una semana real, con sus imprevistos y sus visitas médicas.

Horizontes cortos

Los planes a cinco años tienen poco sentido cuando la salud, la familia o las circunstancias pueden cambiar el escenario en un semestre. Tres meses funciona mucho mejor: es suficiente para notar avance real y lo bastante corto como para corregir sin haber perdido un año.

Al final de cada trimestre, tres preguntas bastan: qué se ha sostenido, qué se ha caído y por qué, y qué merece seguir el trimestre siguiente. Lo que se cae dos trimestres seguidos casi nunca es un problema de disciplina; suele ser que el objetivo no era realmente tuyo.

Permiso para cambiar de idea

Abandonar un objetivo que ya no interesa no es fallar. Es la ventaja concreta de esta etapa: por primera vez en décadas, nadie evalúa el cumplimiento y no hay que justificar el cambio ante nadie. Una meta que dejó de tener sentido y se mantiene solo por coherencia con lo que dijiste en enero ha dejado de ser una meta y se ha convertido en una obligación.

El objetivo de fijarse objetivos no es cumplirlos todos: es tener una razón concreta para levantarse el martes.

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